Hasta hace no mucho tiempo cruzar el charco era una de esas certificaciones sociales de elevado estatus: se iba a Europa a estudiar en el colegio pagado por los papis, de turismo a Paris y Venecia, o hasta quizas estudiar una de esas maestrías en desarrollo que debemos todos agradecer a la reforma educativa francesa. Este no es el caso de Daniela Gaviria, manaba, jipijapense, bebedora de cerveza, lectora apasionada de toda esa literatura norteamericana de adentro (Vonnegut, Auster, Kennedy Toole), escritora, bloggera antigua y preparadora de la mejor sal prieta que he probado en mi vida. En realidad no sé que carajos hace allá y a lo mejor ella misma también se lo pregunta. En todo caso inauguramos nuestra corresponsalía en europa con un artículo destinado para nuestra fetal revista Ultimatum, contestación a esa porquería revista reaccionaria Vanguardia.
BIENVENIDA MANABA
Pequeña crónica sobre epifanías en la mañana
Por:
Daniela Gaviria Orlando
Corresponsal En Europa de Etnográficas
Los movimientos migratorios, es evidente, han cambiado. Aunque exista el que diga que el mundo no ha cambiado nada y ese que lo dice es el Mayor Tom, el de la canción de David Bowie. Que ha viajado tanto y que se siente muy quieto, pero bueno Mayor Tom le informo que usted no viajó alrededor de la tierra sino de espaldas de ella y usted está lejos, lejísimos, y tiene una abstracción maravillosa para alguien como Borges o algo así. Ahí usted podrá decir que todo sigue igual. Pero ya que nosotros, que estaremos atrapados en la nave de las horas hasta el día que nos muramos, tenemos otra suerte y usted es para nosotros un anti-héroe; quizás sería usted feliz en Barcelona, que está siempre de viaje.
Los límites de la hora correcta del desayuno podrían ser polémicos. Sobretodo para los que la anatomía y las formas del cuerpo no son más que un grupo de leyendas que hemos ido adquiriendo por el ya conocidísimo miedo a morir de un zopetón.
Los desayunos son mi comida favorita, me gusta mucho cocinar, así que lo natural sería que prefiera la cena o el almuerzo. Pero a mi me encantan las mañanas, es ahí cuando uno busca excusas para muchas cosas; por ejemplo: eran las dos de la tarde y yo batallando con las migajas de un croissant y me di cuenta que estaba desayunando y que a pesar de lo dogmaticos que son los relojes, yo estaba desayunando, me di cuenta de la magnitud de los días, vi su forma claramente. Estas epifanías, solo suceden en las mañanas, así sea madrugada pero solo en el desayuno. Que te des cuente que la medida del día no tiene mucho que ver con las horas es una de esas cosas que te impulsa a un cuaderno, el teléfono, tu blog, tu hi5, my space y testimoniárselo al mundo. Hoy lo vi, al fin lo vi chucha, estaba masticando mi desayuno a las dos de la tarde y me di cuenta, ¡¿cómo pude ser tan idiota?! : El tiempo no existe.
Esta ciudad tiene la manía de regresar al centro, es como que la plaza Cataluña fuera un caño abierto que nos chupa a todos en remolino. Todas las líneas del metro van hacia allá, todos los buses, las carreteras, los trenes del valle, todo de alguna manera está hecho para que esperes unos cinco minutos a alguien ahí. La mayoría del tiempo tienes la voluntad de no regresar a la orilla, y ser más local. Al menos uno puede llegar a pensar que se es más local mientras menos se necesite el centro. En Barcelona mi búsqueda consiste en caminar por todo lo que pueda buscando lugares que no sean lindos y dejar de sentirme como una turista que perdió el avión meses. Empresa que resulta imposible cuando en Gracia a media cuadra de la parada Joanic, plena luz del día, veo como unos punkeros okupas cantan a voz en cuello, muy borrachos, lo juro: una ranchera. ¿Cuál? no se, pero tenia la tristeza de ranchera y eso es tan particular que es inconfundible y van a tener que creerme; porque estaban todos con las cabezas asomadas a las ventanas (eran unos cinco) en un segundo piso de una casa antigua, asomados como que si la casa fuera un carro que va a mil ciento veinte millas por hora de espaldas a la tierra.
Y es que aun no entro ni al portal de esta ciudad así que me porto valiente y me voy a la balmes a un bar administrado por ecuatorianos, a que me sirva los tragos alguien que trabaja todos los días mas de diez horas, una persona para la cual yo no sea una molestia sino que no sea nada y la jarra de agua valenciana que me sirva no tenga ningún significado, necesitaba esa clase coherencia. Esto de que los inmigrantes trabajan mucho podría ser cierto sino fuera por mí, esperando tener papeles de algo y poder ser una persona decente no esta turista, nadie quiere a los turistas. En Italia y Estados Unidos (me cuentan ahora que en Ecuador también) no se puede fumar en los establecimientos muy cerrados, en España esto aun es una ingenuidad así que en media hora me bebo tres jarras y me fumo cinco cigarrillos. Desayuno de campeones, nada de anfetaminas ni de rayas, esas cosas, mi querido, te ponen muy cerca de dios y nosotros las forasteras tenemos un miedo de no llegar a nuestras casas porque luego si dormimos en una acera la violación será nuestra culpa y la calle le perdona tantas cosas a tanta gente pero cuando no perdona es una pobre hijadeputa. Mujer tenías que ser, así le grite yo a la acera. Estaba visiblemente borracha.
Por la rambla del Raval descubro que he cambiado, que esta rabia antes no la tenía y recuerdo a un flaco que se llamaba Alessandro, un Yoda siciliano. Nos fuimos un día a su casa a tomar unas cervezas en Catania y ahí luego de su tercer porro me quedo viendo y me dijo, vos eres latinoamericana y yo le dije que si. Me lo dijo con el vos, su italiano isleño marlonbrandesco se había transformado en el Español de un porteño (de Buenos Aires JA) perfecto. El hombre había vivido muchos años con argentinos y me lanzo un discurso que no recuerdo bien pero que me impresiono porque empezó con algo así como: “si si nos quejamos mucho” y yo, ya saben con la cara que se pone cuando nace una coincidencia “SIII”. Europeos chillones, así molestaba a mis compañeros de casa italianos, les decía todos son unos chillones porque de ahí el resto era asiáticos y a esos se los puede joder de todos menos de chillones. Alessandro sin camiseta y con miles de referencias históricas me explico que nosotros no habíamos vivido guerras mundiales y la iluminación y el renacimiento y que ahora todos los europeos están tristes, nosotros no entendemos eso así que mejor no me burle de mis amigos.
Pero fue dejar Italia tener otra cosa más por la cual sentir nostalgia, tres jarras de agua valenciana, seis latas de cerveza compradas a los Pakis que se paran en la Rambla del Rabal y ver esa escultura gigante que no se bien que es, quizás sea un gato, hecha por el Botero, o con la estética del Botero y sentí rabia pura, me di cuenta que estaba triste y que los días también son la noche y que la noche es peor que un laberinto porque es tan abierta y ancha, como los desayunos, a lo mejor es porque es exactamente lo que viene antes de los desayunos. Lo peor es que borracha ya no puedes hacer nada con las fuerzas de la gravedad ¿cuanta gente ha visto mareada la plaza real?. Ya estaba yo ahí luego de que mi panita esa noche reciba una multa por orinar en las calles. La meada más cara de la cual he sido testigo, es chistoso y todo en honor a las buenas costumbres, pacto social, para que todo esto no se desmorone.
Entramos a un bar que se encontraba en el segundo piso de una casa ahí en la plaza real, donde canta Calamaro todo lo demás (para que nos sintamos parte de algo la tarareo siempre que ando por ahí) y yo estaba triste en un bar de segundo piso donde encontramos más gente lindísima, en la fila para ir al baño me digo que en Ecuador yo hubiera visto una camiseta como la que tenía la chica de adelante y me hubiese dado tanta vergüenza usarla y es que yo soy tan acomplejada, pero ahora quien sabe, hasta la usaría porque vivo en Europa y estoy borracha en la plaza real, hasta puedo hacer como esa noche en Catania y decir que soy latinoamericana y escritora y podré liberarme de mis prejuicios contra los gorros , en invierno está bien usar sombreros y bailar música que siempre considere insensible ese drum and base industrial escaso de borracho y repleto de químicos. Alzo las manos porque estoy segura que va a reventar esta canción que nunca había escuchado en mi vida y que en ese momento es mi himno. Que se vea a la forastera mutada entre la gente al filo del abismo. Siempre me ha gustado bailar, antes nomás no lo hacia tanto porque una pista de baile era una cosa que había en ciertos lugares y nada más, no como desde hace un buen tiempo que es una zona franca. Es que cuando veo el ancho de los días pienso en la libertad y pienso en la nada, a veces son la misma cosa, pero no se presentan al mismo tiempo. Aquí en la pista no soy ecuatoriana. Me canso de ser latinoamericana, no quisiera ser española solo no quisiera ser extranjera que cualquier palabra trace un curso largo y cansado de cada paso que ha dado cada cojudo. Que John Lennon se levante de su tumba y nos diga War is over if we want to, ahí es que alguien me toca el hombro y me dice que debemos irnos porque ya se acaba la cosa en ese bar y a buscar otro. Yo pienso: viste John, los humanos no queremos que se acabe. Tenía un whisky en la mano así que se me ocurrió la brillante idea de metérmelo al bolsillo del saco largo que cargaba, en frente de los señores de la puerta, así que estaba yo en fila para una “escena” me pararon tres tipos de los cuales no recuerdo la cara y me dijeron que regrese el vaso. Esa resulto ser la gota que derramo el vaso. ¿Qué poético no?
Entonces esto es lo que sucedió nada que al resto de personas les parezca extraordinario, una cosa normal. Me cabree y les empecé a gritar cosas sobre Nietzche y sobre Charly Garcia. Y me di cuenta que no soy una sudaka y epifanía de nuevo de mañana. Quería ver si existía la xenofobia, si que existe, todos aquí tenemos una historia de eso y la contamos cuando ya estamos medio en confianza y encontramos a otro extranjero del sur como nosotros, la cosa es que me di cuenta esa noche que yo pretendía robar de ese bar y que sentí rabia y cobardía, y que no había nadie más involocruda en el baño de sangre que es no comprenderse que yo misma, la que gritaba aforismo en el pasillo de las escaleras. Ya saben luego tenia vergüenza pero ya había sido esa persona. No quiero ser una victima, no quiero que me digan pobrecita. Mi vida en el abismo de Barcelona es como las vidas de todos igual de absurda e incomprensible. Lo que pasa es que a veces somos unos pelmazos, ese es el peligro del porte amplio e inagotable de cada de los días, lo que podemos hacer prisioneros o libres.
Suena una música con tambores, es fantástico aprender un idioma, el catalán por cierto los latinos (digo todos en general: hispanoamericanos, italianos, españoles, rumanos, portugueses, brasileros, etc) le tenemos miramientos, y los catalanes lo hablan con necedad pero yo los entiendo. Lo tienen que hablar porque en su ritmo, cortado y duro, en esas equis y esas jotas sonoras y esas palabras sin enes al final, está el orden que llevan todos los edificios que están llenos de ventanas en esta ciudad. Me pregunto donde estará el telón de Barcelona, cada cuando lo mueven, desde mi casa no se ve el mar, pero cada vez que suenan los tambores y suenan mucho, se que Barcelona está bien, el miedo no es una cosa española ¿no? solo que nosotros a lo mejor no podemos olvidar tampoco la historia la que nos enseñan allá en cualquier Guayaquil, nos jodieron, o a lo mejor nos jodimos. La línea no existe es la verdad, en el backstage catalán me dan la bienvenida a este espectáculo, todos vienen por alguna razón; yo colecciono motivos, pero cada vez que suenan tambores me acuerdo de mi natal Manabí y es ahí que sé que somos desertores del paraíso.